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martes, 16 de mayo de 2017

“Pedazo de mierda, yo soy Dios”

Publicado: Martes, 16 Mayo 2017 07:07 Escrito por Por Mauricio Weibel Barahona
Los aberrantes discursos secretos que Schaefer dio a los niños en su poder

El Desconcierto tuvo acceso a conversaciones secretas de Paul Schaefer que revelan su preocupación por combatir el comunismo, sus reuniones con Augusto Pinochet, su viaje a los orfanatos de Jordania, y sobre todo las tardes en que obligaba a los niños a entregarle y leerle las cartas donde le confiesan sus supuestos pecados.

Paul Schaefer acaba de despertar de su siesta y camina al salón donde cada día somete a largos discursos a los alemanes y chilenos bajo su mando en Colonia Dignidad, incluidos los niños que abusó por décadas. Ha descansado todo el día, mientras sus seguidores llevan dieciséis horas de trabajo.

“¡La vergüenza, hasta su último aliento, se instaló en tu vida!”, le grita a un joven que ha abusado durante su diatriba grabada en cinta magnetofónica. “Sí”, aprueba mecánicamente la asamblea, en medio del silencio del acusado.

“¡Eres un cerdo maldito si cuentas lo que hemos hablado esta tarde!”, amenaza luego el exenfermero nazi, quien ejerce un control físico, psicológico y audiovisual sobre todo lo que ocurre al interior de la secta que lidera al sur de Chile. La escena se repite a diario, como muestran los audios en poder de 
El Desconcierto.

Equipos de cine y radio registran todos los pasos de Schaefer. Sus reuniones con Augusto Pinochet, su viaje a los orfanatos de Jordania, y sobre todo las tardes en que obliga a los niños a entregarle y leerle las cartas donde le confiesan sus supuestos pecados. Todo queda grabado en un alemán bávaro y altisonante, por cierto.

Lleva a los menores a una pieza, los sienta frente a una mesa y les exige que cuenten sus intimidades frente a un micrófono, como anticipo de que cualquier día sus palabras pueden ser expuestas ante todos. “¿Te sientes muy presionado? ¿Te sientes muy atacado? ¿Te sientes muy discriminado?”, ironiza ante esos niños y niñas.

“Esto no es un milagro. Dios me ha rozado, su poder emana de mí”, advierte continuamente a los hombres y mujeres que esclavizó desde 1962 en el fundo El Lavadero, en otro de sus tantos discursos. Cualquier disenso, por cierto, puede terminar con una golpiza o una tarde en la sala de electroshocks del hospital, advierte.

La vida para los niños, como relataran ellos luego ante la Justicia, transcurre en extensas jornadas de trabajo que siempre concluyen con las prédicas de Schaefer y con sus abusos. Los niños, por cierto, crecen separados de sus padres, desde el nacimiento. La vida de las niñas, sometidas a la misoginia verbal de Shaefer, es la misma, salvo porque no padecen los abusos sexuales del tío Paul.
Los inicios de Colonia Dignidad.

Dios y el comunismo
Las decenas de horas de grabaciones, que lograron ser transcritas y traducidas por El Desconcierto luego de meses de trabajo, revelan la preocupación por combatir el comunismo que tenía Schaefer, quien llegó a Santiago luego de conocer en Alemania al embajador chileno Arturo Maschke, durante el gobierno de Jorge Alessandri (1958-1964).

Esa obsesión anticomunista lo hermanó hasta después del retorno a la democracia con la élite chilena. Incluso en 1994, líderes de la Unión Demócrata Independiente, como Andrés Chadwick y el ex presidente del Senado Hernán Larraín acusaron como injustos los procesamientos por abuso sexual en su contra. “Se pretende detener a un anciano que sufre pérdida de la visión”, reclamaron en un acto en Talca en 1996.

Pero Schaefer, quien efectivamente era tuerto, no era un hombre desprovisto de poder. Colonia Dignidad poseyó 17.000 hectáreas en su época de apogeo, además de aeropuerto, hospital y varios bunkers, llegando a cooperar con el servicio de inteligencia de la República Federal Alemana, el BND, en la producción de armas.

La secta era además un lugar de descanso predilecto para el exjefe de la DINA, Manuel Contreras, así como para el ideólogo de la dictadura, Jaime Guzmán, asesinado a tiros en 1991 por un comando del Frente Patriótico Manuel Rodríguez. En Alemania, en tanto, el mayor apoyo de Schaefer fue Franz Josef Strauss, fallecido primer ministro del Estado de Baviera.

Por cierto, la diplomacia estadounidense sospechó siempre que detrás de ese poder habían lazos homosexuales. De hecho, el embajador de la Casa Blanca en Santiago en 1977, David Popper, alertó que el representante en Chile de la República Federal Alemana, Erich Strätling, parecía “estar implicado en los escándalos homosexuales” de Schaefer.
Las “orgías” que intuía el embajador Popper tenían lugar en Santiago y el sur, según él. A Popper, según los telegramas que envió a Washington, le llamaba la atención el lazo de Strätling con Schaefer y su cercanía con jóvenes, aunque la palabra pedofilia, inhabitual en esos años, jamás aparece.
El desaparecido equipo de comunicaciones de Schaefer.

Los pecados
En el sur, en tanto, Schaefer producía programas de radio al interior de la secta para explicar a los colonos alemanes la presencia de niños chilenos, raptados a sus familias.

“Los padres llegan aquí a pie, a caballo o en carretas de dos ruedas tiradas por bueyes (…) Muchos de estos niños han aprendido a reír por vez primera absolutamente aquí con nosotros. Hay uno que ya es mayor, tiene siete años”, asegura el jerarca en su mediática visita al hospital de dos pisos de 
Colonia Dignidad.

“¿Qué haremos con estos pobres niños?”, se pregunta luego.
El lado supuestamente comprensivo de Schaefer desaparece sin embargo rápidamente, unos meses después al hablar ante la asamblea de otro niño, que le reclama afecto frente a todos.
“¡Tú no has correspondido al amor! Si no que lo has reclamado con desprecio y lo has utilizado para ti mismo. Y de ahí viene el déficit. Desde ahora lo que tú hagas ahora me da igual. ¿Has entendido? Pobre niño. Tan maltratado por esta secta ¿No? ¿Querías decir algo más?”.
“¿Por qué estas aquí? Eres una serpiente”, remata. “¡Ustedes están aquí para confesar sus pecados!”, insiste.
Y luego les recuerda lo mucho que ha disfruta escuchar y exponer las confesiones de esos niños ante toda la comunidad. “Yo debería leer sus cartas ante todos”, les advierte.

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